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| SE FUE EL GITANO |
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SANDRO, 1945-2010
El hombre que realizó casi todos los milagros
Lo logró prácticamente todo, desde inaugurar el rock’n’roll en la Argentina hasta convertirse en ídolo que conquistó a sus detractores. Amante secreto para ellas, el más atorrante de la barra para ellos, ya es un mito perfecto. Sergio Marchi.
No llegó. Logró el transplante, pareció que su salud mejoraba, pero no: finalmente, tras dos operaciones consecutivas, el fuego de Sandro se apagó. Al Gitano, hacedor de incontables milagros, lo esquivó la diosa fortuna y no le permitió realizar el último, el más difícil de todos: la supervivencia y el consiguiente regreso a los escenarios, para hacer suspirar a sus nenas una vez más. Y de esta manera, el hombre y el mito quedaron definitivamente separados. Roberto Sánchez llegó a la última estación, pero Sandro continuará por siempre arrebatado de pasión, riendo como un diablillo que planea su próxima travesura, mirando con esos ojos de fuego y, sobre todo, cantando uno de los repertorios más extensos y conocidos de la historia de la música pop argentina.
El primer milagro: ser Sandro aunque el Registro Civil le impusiera el Roberto que figuró en su documento en el año 1945. El segundo: lograr que Sandro cobrara vida, sin por ello tener que aniquilar al Roberto devoto de su madre y trabajador ayudante de su padre a la hora de poner el mango en la mesa. Para eso tuvo que disociarse y comenzar a c ons t rui r s u propia leyenda de la nada y sin libreto, porque en aquellos años no existía lo que se llamaría un ídolo juvenil. Tercer milagro: poder abrirse camino con una cosa tan rara como era el rock and roll a comienzos de los 60. Sandro sabía perfectamente quiénes eran Little Richard, Chuck Berry, Bill Haley y, sobre todo, Elvis Presley, que fue su figura señera, pero las compañías discográficas lo mandaron a cantar boleros. Sandro fue paciente y logró meter su música, que era una mera adaptación de las canciones sajonas, pero que también constituían el primer palote grueso en el dibujo de lo que, con el tiempo, llegaría a ser el rock nacional.
Cuarto milagro: darse cuenta de que debía cambiar y dejar la pilcha rockera para momentos especiales. Es ahí donde surge el Sandro que todos conocemos, El Gitano, El Puma, el eterno amante: el hombre con los labios de rubí. El que agoniza por ti, en “Rosa Rosa”; el molino de tu amor, en “Trigal”; el que piensa que “Una muchacha y una guitarra” no le deben faltar; el que tiene un mundo de sensaciones que te quiere regalar. Sandro combinó virilidad con romanticismo y una pizca de misterio en una fórmula de largo alcance que lo hizo llegar donde soñaba: al Madison Square Garden, lugar de tantas veladas épicas relacionadas con el arte y el deporte; allí donde Elvis todavía galvanizaba multitudes con los movimientos de sus entonces caderas. En ese 1970 nace el “Sandro de América”, ese que protagonizará unas cuantas películas y cantará para todo un continente.
Sandro, junto con Palito Ortega y Leonardo Favio, conformó una trilogía inolvidable de la época de oro de la música juvenil argentina. Pero mientras Favio se dedicaba al cine y Palito se convertía en exitoso empresario y posteriormente en político, Sandro arribó a la edad madura con sus botas firmemente ancladas sobre el escenario. Su eléctrico despliegue físico fue dejando espacio para que emergieran recursos actorales y un repertorio más tradicional, con el que fue cambiando su personaje, para que Sandro no tuviera que padecer las limitaciones físicas que la edad le iba imponiendo a Roberto Sánchez. Ambos hicieron un pacto más o menos en 1992: Roberto vive su vida tranquilo y en privado, tras los muros de su casa en Banfield, mientras Sandro encarna las fantasías femeninas sobre el escenario. Cuentas separadas, por favor.
El tiempo también le reconoció su espíritu pionero y rockero. Pedro Aznar y Charly García encabezaron ese reconocimiento invitándolo a cantar en su disco Tango 4, y posteriormente todo el ambiente del rock le extendió el certificado de pertenencia con el Tributo a Sandro, en el que figuraron desde Divididos a Los Fabulosos Cadillacs. Desafortunadamente, el cuerpo de Sánchez le fue extendiendo la factura también a Sandro; primero fue la panza, de la cual se reía en el escenario, pero después los pulmones se le pusieron bravos y le hicieron un piquete en demanda de oxígeno. Sandro fue llevando su enfisema con hidalguía, y hasta una dosis de humor, poniéndose en la dramática cola del trasplante, que llegó cuando quizá ya era demasiado tarde.
Sandro fue un afanoso artesano de sí mismo. A su picardía de atorrante y a su garganta apasionada, las fue envolviendo con un misterio singular, creando así un personaje único, aceptado y querido por las multitudes. Se cansó de llenar teatros, vendió discos por tonelada y su fama no conoció límites.
Para las mujeres fue un amante secreto; para los hombres, el más atorrante de la barra.
Para la música, un ídolo popular cuya estatura legendaria sólo reconoce como superior la inmortal estampa de Carlos Gardel.
Para despedirlo, tarea ardua y difícil, sólo cabe cumplir con su deseo cantado: “No quiero que me lloren/ cuando me vaya a la eternidad/ quiero que me recuerden como a la misma felicidad”.
Desde ahora, su espíritu está en el aire, entre las piedras y en el palmar.
Sandro de América, por siempre cantando.
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Venció todos los prejuicios
No caben dudas: Sandro fue el primer cantante popular que logró traspasar las barreras de los prejuicios y las etiquetas peyorativas. Marcelo Fernández Bitar.
No caben dudas: Sandro fue el primer cantante popular que logró traspasar las barreras de los prejuicios y las etiquetas peyorativas. Así de simple. ¿De qué otra manera explicar la impensada pirueta en el aire que dio en a principios de los años noventa, cuando pasó de ser “grasa” a ser prácticamente “cool”? En un país signado por lo “in” y lo “out” de Landrú, Sandro experimentó una suerte de reconocimiento y revalorización por parte de la nueva generación “sónica” del rock, con elogios por parte de figuras en ascenso como Adrián Dargelos, de Babasónicos.
La año clave fue 1993, cuando llenó 18 veces el teatro Gran Rex con su espectáculo “30 años de magia” y empezó a utilizar la célebre bata roja. El público, por primera vez en forma notoria e imposible de disimular, no estaba conformado exclusivamente por sus eternas “nenas”, sino que había padres con hijos, abuelas con nietas y una presencia de figuras de la farándula y la televisión que apenas habían nacido cuando él editaba Sandro de América. La leyenda lo precedía, sus películas se pasaban en cable y ya no con nostalgia, sino con atractivo kitsch. Los rockeros lo citaban y hablaban de su álbum Beat latino como una gema olvidada, comparable a las obras de los pioneros del rock nacional. El Gitano, sin proponérselo, había logrado lo más difícil de todo: tener prestigio, reconocimiento y admiración en todos los frentes.
En las notas podía hablar de Tanguito o del Madison Square Garden. Sus anécdotas eran siempre asombrosas y la gente, una vez más, caía rendida a sus pies. |
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19,50 20,10
5,00 6,00
10,50 12,00
28,70 31,00 |
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